Las pinzas del barrilete

Publicado: 05/06/2023
Autor

Ana Isabel Espinosa

Ana Isabel Espinosa es escritora y columnista. Premio Unicaja de Periodismo. Premio Barcarola de Relato, de Novela Baltasar Porcel.

Una feminista en la cocina

La autora se define a sí misma en su espacio:

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 Nace en mitad de esa tarde famélica de entre temporadas, un sonido chasqueante y sordo como el de los peta zetas que nos hacían- de niños- llorar más que reír


Un clic clac sostenido por un viento en calma virando al oeste, se escucha en mitad de la  tarde en la orilla del pantalán de los Toruños. Son los cangrejos violinistas que esperan la comida que llega en la bendita Pleamar. El agua esta tibia de azulados, la arena enmarañada. Pero ellos, impasibles en su fila nada romana de guarniciones de los más fuertes delante, los paletos detrás, custodian la entrada al fuerte con las pinzas levantadas entrechocándolas sin fin. Nace en mitad de esa tarde famélica de entre temporadas, un sonido chasqueante y sordo como el de los peta zetas que nos hacían- de niños- llorar más que reír. Es uniforme y armonioso como todo lo que es natural. Nada que ver con esos niños tan pijos que solo encuentran placer en destrozar lo que ven, incluidos los violinistas. No serán pocos padres a los que les he visto profanar la sagrada tierra donde pacen sin molestar nadie, los también llamados barriletes, durmientes pacíficos en la oscuridad de su pequeña cueva sonsacada a la humedad de las mareas.

No serán pocas víctimas las que han caído en la soledad, el aislamiento y el silencio porque lo que no nos toca, no nos llega y es mucho más respetable un niño maleducado que un habitante de las marismas. Qué importará un invertebrado que come detritus cuando nosotros en Romerijo nos los zampamos a ellos, a las ubres de las vacas, a las patas de gallina y a los intestinos de los conejos. Qué más dará todo lo que nos ha sido regalado para custodiarlo que, en cambio, vilipendiamos, tratamos, usamos y denigramos porque somos especie principal en esta casa que no es ni alquilada.  Pero así vamos, votando cambios políticos que serán legislativos, suplicando al cielo impío porque los cambios lleguen o no, porque nuestra vida depende de ellos. Porque los que guarecemos a la vida con las maternidades, ya no sabemos cómo dejar de sufrir. Las arrugas se nos han hecho hueso y vemos a los violinistas con esa envidia sana porque poseen el color de la arena y los medios para fundirse con ella. Las mareas ya no nos protegen como hacían en los veranos aquellos que no había clases sociales, ni internacionalidades y con un simple “attention”... dicho por un vecino de cabalgadas en mitad de la rompiente ya sabías que venía una de las tres marías que podía revolearte sin contemplaciones. Eran veranos mágicos cargados de seres mayores protectores, de conversaciones que no te incumbían, de coches que no conducías con ese hálito de pasividad ante obediencias varias, tan reconfortante y pacífica como la de los violinistas esperando en filas rotas la llegada del condumio. Luego todo se bambolea como el trasiego de las gaviotas, tan estéticas ellas, tan efímeras.

Con esos picos tan descarnados y esas fauces que todo lo ven y todo lo comen. Así mismo llegamos a la adolescencia con la constatación de una realidad que nos aplastaba, unas ganas de libertad que nos quemaba la entrepierna, pero que hoy se ha convertido en reumas y chillidos de articulaciones. Ya no es una opción sino un sueño perdido, los cincuenta que se nos escurrieron de las manos porque nos lo arrebataron todo las maldades de la vida. Desde entonces, vegetamos en los Toruños con los pintores de acuarelas, los piragüistas desarmados, los violinistas desmembrados y toda señora que se precie acariciadora de su perro. Allí ni se veta al invierno, ni a las mareas, ni a los tontos, ni a los poetas. Los locos están en su elemento porque ni el Levante, ni el Poniente cogen prisioneros. Tampoco los violinistas guardan en su ADN venganza cumplida del que les arrancó de la soledad uterina de la arena, condenándolos a la tortura de las manos de un pijo atolondrado.

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